The Sundarbans

The Sundarbans

The Sundarbans National Park is a UNESCO World heritage is one of the largest mangrove forest in the world (140,000 ha). It lies on the delta of the Ganges, Brahmaputra and Meghna rivers on the Bay of Bengal.

The site is intersected by a complex network of tidal waterways, mudflats and small islands of salt-tolerant mangrove forests, and presents an excellent example of ongoing ecological processes.

The area is known for its wide range of fauna, including 260 bird species, the Bengal tiger and other threatened species such as the estuarine crocodile and the Indian python.

Sundarbans:

la verde esperanza de Bangladés

 

Bangladés busca en el ecoturismo una fuente de ingresos que contribuya a su economía y garantice la supervivencia de su más preciada joya natural: los Sundarbans.

 

Alberto Rubio

  

“El mismo río de vida que circula por mis venas noche y día, circula por las venas del mundo y canta, en lo hondo, con pulso musical”

’Las cosas y el espíritu. La vida’, Rabindranath Tagore

 

El barco avanza lento, perezoso, bajo un cielo amarillento. Acaba de salir de un pequeño embarcadero en el puerto de Mongla, el segundo más importante de Bangladés, y enfila una corriente ocre cargada de sedimentos arenosos que no dejan ver el fondo.

En la veterana, y no obstante cómoda, motora de recreo no se percibe el mínimo bamboleo. Las aguas fluyen a su alrededor como una superficie cristalina, estática, sin oleaje, que parece subir de la tierra al cielo para volver a bajar en un ciclo infinito, casi cósmico. Como corresponde a la leyenda de los ríos que aquí confluyen.

Para la despreocupada partida de turistas que viaja a bordo del ‘Sun Way’, así se llama la nave, la noticia son los más de 38 grados que caen a plomo, abrazados a una humedad cercana al 80 por ciento. Estamos cerca de la temporada del monzón y el calor aprieta antes de que comiencen las lluvias torrenciales y los vientos huracanados. Obsesionados con el incesante bochorno, algunos viajeros se pierden la historia que, sin necesidad de palabras, les cuenta el escenario que les rodea: los Sundarbans.

Porque los Sundarbans no es sólo un parque natural más. En este inmenso manglar, espectacular visto desde el aire, confluyen y arrojan su sagrada carga el Ganges -la purificación y la muerte- y el Brahmaputra -la vida-. 6.000 kilómetros cuadrados para dejar volar la imaginación y meditar sobre la existencia. La propia, la ajena, la del cosmos, la que quiera cada uno. Da igual.

Cuenta el ‘Kalika Purana’, un texto indio del siglo XI, que Brahma visitó una vez el ashram (escuela de meditación) de Santanu Maharsi. El dios creador se prendó de Amogha, la esposa del sabio, y la violó. Ella no pudo soportar el embarazo y abandonó el ‘regalo’ divino cerca del mítico Yugandhar, que seguramente se refiere al monte Kailash, la única gran cumbre del mundo que no ha sido escalada en deferencia a su condición de sagrada para budistas e hindúes.

El río sagrado de los hindúes tampoco se queda atrás en leyendas. Una de ellas relata cómo los sesenta mil hijos, nada menos, del rey Sagara se dedicaron a molestar a Kapila mientras meditaba. Enfadado, y parece que mucho, el sabio los abrasó con su mirada y envió sus cenizas al inframundo. Como sólo las aguas del Ganges podían salvarles del castigo, un descendiente de Kapila, el rey Bhagiratha, hizo una rigurosa penitencia y Shiva -el polifacético dios, destructor y protector a la vez- le premió haciendo que el Ganges bajase desde el cielo, enredado en sus cabellos, para que su fuerza no aniquilase a los seres humanos.

Ganges, Brahmaputra y Meghna, con sus leyendas y sus enormes caudales, dan así vida a un paraje insólito, majestuoso, mágico, único en el mundo. Un paraíso en la tierra que da cobijo a 50 especies de mamíferos, 320 de aves, 50 de reptiles, 8 de anfibios y 400 de peces.

El sundri (Heritiera fomes) es un mangle que puede llegar a medir hasta 25 metros de altura. Este árbol autóctono, capaz de crecer en una mezcla de agua dulce y salina, da nombre a todo el área. ‘Sundari-ban’ en bangla, la lengua bengalí, significa ‘el bosque de sundris’.

En la espesura de esta selva reina el tigre real de Bengala, pero no menos fascinantes son el cocodrilo poroso, el terrorífico varano, el raro rorcual de Bryde, los macacos que todo lo vigilan, o las nutrias que ‘trabajan’ con los pescadores de la zona para meter en la red a la enorme variedad de peces que moran sus aguas.

 

“Las ondas en que habita la muerte cantan para los niños baladas sin sentido, como canta una madre que mece la cuna de su hijo”

’Reino dorado. Los niños’, Rabindranath Tagore

 

La aldea sin nombre se extiende sobre la orilla este, en las estribaciones del santuario de Sarankhola, uno de los tres que componen el parque. Son casuchas destartaladas, de madera y barro, que los monzones anuales arrasan sin compasión dejando a sus habitantes la misión de volver a levantarlas, si sobreviven a la furia de los vientos, las torrenciales lluvias y las poderosas mareas.

Enfrente, en los bancos de arena del oeste, no es raro ver algún tigre tumbado al sol, holgazaneando pero sin dejar de vigilar todo lo que se mueve en su territorio, incluidos los ocasionales visitantes del parque, que actualmente no pasan de 25.000 y de los que sólo 1.500 son extranjeros.

Entre ambas orillas, una lengua de agua de unos 400 metros forma una frontera natural que humanos y felinos suelen respetar… casi siempre.

Sólo cuando escasea la comida en el manglar, cuentan los lugareños, los tigres se aventuran a cruzar a nado la corriente en busca de alguna cabra. Cuesta imaginar a estos enormes gatos rayados nadando esa distancia. Pero lo hacen.

Lo peor es que, cuando llegan al poblado, si no encuentran un animal, las víctimas pueden acabar siendo hombres, mujeres o niños. En realidad, el tigre no hace distinciones. Su instinto sólo le dice que tiene que alimentarse. Y es lo que hace.

Según datos no oficiales, un centenar de personas mueren a garras de los tigres cada año. Muertes que provocan, a su vez, la ira y el deseo de venganza de los pobladores que, si la policía no lo impide, cruzan a la selva para tomarse la justicia por su mano. También algunos furtivos, pocos en realidad, causan algún estrago buscando sobre todo la piel del animal para venderla o su cuerpo para disecarlo.

Así comienza un ciclo que pone en peligro la existencia de los propios tigres, cuya población en los Sundarbans puede que actualmente no supere los 200 ejemplares, aunque las autoridades de Daca hacen ímprobos esfuerzos para mantener el hábitat y aumentar la población de tigres.

Las autoridades bangladesíes no pueden ofrecer datos actualizados más exactos porque, como explica uno de los cuidadores del parque, el sargento Duti Hassan, “los tigres van y vienen desde y hacia el lado indio de los Sundarbans, para ellos no hay fronteras”.

 

“Pierdo mi camino, yerro; busco aquello que no puedo encontrar; encuentro aquello que no busco”

‘El jardinero’, Rabindranath Tagore

 

Bangladés y la India comparten el parque natural de los Sundarbans: dos tercios se encuentran en la antigua Bengala oriental y el resto en la India. La parte bangladesí se compone de tres santuarios establecidos en 1977 y bien protegidos por la Ley de Conservación de la Naturaleza de 1974.

La reserva forestal fue declarada Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1997 y está enclavada en el mayor delta fluvial del mundo. Es un relato vivo y sin ambages de la naturaleza, la creación, la vida… y la muerte, la destrucción que acecha al propio parque, entre otras cosas, por la construcción de una central eléctrica en Bagerhat, a sólo 14 kilómetros.

¿Desarrollo o protección de la naturaleza? El delicado equilibrio entre ambos se pone de manifiesto con este megaproyecto conjunto de la India y Bangladés. Ante las protestas, ambos gobiernos han garantizado que la planta en construcción no utilizará carbón, como estaba previsto, sino gas, mucho menos contaminante. Y han anunciado también la cancelación de la prevista construcción de la fase 2.

Aún así, las protestas continúan. Y eso a pesar de que las autoridades de Bangladés insisten  en que su mayor prioridad en los Sundarbans es desarrollar un ecoturismo sostenible. De hecho, el gobierno ha aprobado el Plan de Desarrollo y Gestión del Ecoturismo, que asesora sobre legislación, prácticas turísticas, cambios estructurales, impacto medioambiental y estrategias de promoción.

La preservación del medio ambiente es de capital importancia para el octavo país más poblado del mundo, con 169 millones de habitantes, de los que poco más de 20 millones habitan en sus 12 ciudades más pobladas. Es el país con mayor densidad de población en el mundo -1.126 habitantes por kilómetro cuadrado- sólo por detrás de algunas ciudades estado o territorios dependientes. Pero departamentos como el de Khulna, en el entorno de los Sundarbans, alcanzan los 22.000 habitantes por kilómetro cuadrado.

Esa superpoblación del entorno rural explica también el empeño de las autoridades por preservar sus espacios naturales como único medio de vida de más de cien millones de personas que encuentran su razón de vivir, como dice el himno nacional que compuso el poeta Rabindranath Tagore, “en los vastos campos de arroz florecido”. Pero también en las frondosa selva donde habita, todavía, el tigre.

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